viernes, 6 de diciembre de 2019

Hermano Santiago Alfredo Miller Miller. Un Santo Inocente. (Un análisis en el contexto de su martirio).

 

Capítulo 1 . Esa tarde.


Esa tarde, como las tardes anteriores durante esa semana, lo encontramos con mi madre con una piocha en la mano. Seguía haciendo un boquete que llevaba algunos días trabajando para remover un antiguo pedestal de lámpara del antiguo sistema de alumbrado público que aún permanecía en la pared de “La Casa”, a casi dos metros del suelo, de pie, al lado de una escalera (Cantalapiedra, 2019) y como siempre lo hacíamos, lo saludamos:

        Buenas tardes Hermano Santiago.

        Buenas tardes.

Su respuesta,  acompañada con la sonrisa y rostro afable que siempre le caracterizaba y nos mostraba, cuando por más de un año, no faltó tarde que al pasar al lugar de trabajo de mi madre, no lo encontráramos frente al Centro Indigenista de Huehuetenango preparándose con el pick up para ir a la granja con los estudiantes internos o realizando alguna que otra tarea, con su gorra verde o azul y con una playera blanca o verde y su pantalón u overol azul y reitero, siempre su sonrisa, una sonrisa muy cálida, muy atenta, muy cariñosa, única, con la que fue captado en un retrato que hoy sirve para promocionar su proceso a los altares.

Al llegar cerca de la Escuela “Amalia Chávez”, se escucharon los balazos, algo como sonaban los paquetes de “cuetes” de a diez len de aquellos tiempos y a los pocos segundos, unas señoras que venían gritando:

–  ¡¡Mataron al hermano!!, ¡¡Mataron al hermano…!!

        ¡¿Qué hermano?!

        ¡¡Al hermano De La Salle!!

Pensé en mi interior: ¡Mataron al hermano Barbosa [nf]  por andar metido en babosadas…, lo que todos temíamos!

        ¿A dónde va m’ijo?

        ¡De plano se tronaron a un Hermano de La Salle! ¡Voy a ver mamita!

Y salí corriendo.

Grande fue mi horror, mi dolor, al ver el tirado el cuerpo de mi querido Hermano Santiago. Se le miraban los balazos en la espalda, especialmente los que estaban  a la altura de los riñones y la playera ensangrentada. Al lado, la escalera tirada. No lo creía.  El Hermano Santiago jamás estuvo metido en nada del ejército o hablando babosadas comunistas o apoyando a la guerrilla, como para que alguien quisiera mandar a matarlo. No era enojado, mucho menos violento o abusivo. Mucha gente ya estaba amontonada. Yo temblando. ¡El Hermano, estaba muerto!


Capítulo 2 . Una noche,  tres meses antes en Huehue.


Una noche, tres meses antes en Huehue, se encontraba Juan Gómez [nf]  a la puerta de donde vivía, a la espera de un amigo con quien acudirían al baile en el jacal de Malacatancito. Bien perfumado e ilusionado. Era sábado. Su amada, allá lo esperaba, cuando de pronto…,  frente a él, se parquea un jeep del cual se bajan dos hombres, el conductor quedó esperando:

                    ¿Es usted el señor Juan Juan Gómez Gómez?

                    A sus órdenes.

Solamente le retumbó el pecho cuando uno de los soldados lo tomó de la camisa y entre ambos lo metieron a la parte de atrás del jeep, le colocaron grilletes en las manos  y lo esposaron a uno de los asientos delanteros, enfilándose hasta una de las salidas de la ciudad, hacia unas instalaciones donde en el suelo había cavado un túnel con una gran tapa de cemento.  

        ¡Métase ahí!

Y lo dejan encerrado.  La oscuridad era profunda y hacia adentro se escuchaban terribles, aunque un poco débiles, los quejidos de algún hombre.  Hacía algunos días, un notable caballero de Huehue había desaparecido. ¿Quizás los quejidos eran de él?

Habría transcurrido una media hora cuando abren la tapa del túnel:

        ¡¡Salga!!

Y es conducido a un recinto con mucha luz, donde estaba sentado un hombre alto, de cabello algo crespo y gordo, rodeado de guardaespaldas y algún abogado.

        ¡Señor Gómez Gómez, usted ha sido traído acá porque tenemos información que usted está organizando una célula guerrillera en Chinacá!

        Disculpe, en Chinacá me pidieron hace unos meses que yo les aconsejara como fortalecer su comité pro mejoramiento, lo cual hice.  Pero hace meses que yo dejé de asistir porque me salió mi traslado a otro departamento y estoy estudiando en la universidad. Sólo vengo a Huehue los fines de semana.

        ¡¿Qué relación tiene usted con un Hermano De La Salle que se hace llamar Velásquez Vásquez?!

        Ninguna señor.  Sí me contaron ellos hace unos meses que un Hermano De La Salle y unos sus alumnos llegarían a darles clases de religión para que luego pudieran tomar los sacramentos y que los que no estuvieran casados, pudieran casarse, pero nada más.  No sé ni el nombre del Hermano, porque como le repito, trabajo en otro departamento.  No soy guerrillero y trabajo en una institución, soy miembro de uno de los partidos de gobierno y soy amigo del Licenciado Donaldo Álvarez Ruiz.

Por pura suerte, Juan Gómez llevaba consigo una credencial de trabajo firmada por el mismísimo Ministro de Gobernación de la época que pudo mostrar.  También, el abogado que acompañaba al interrogador dijo conocer a Juan Gómez de hacía algunos años por su trabajo, actividades y que de seguro, no estaba involucrado con la guerrilla.  A veces, el saludar a las personas trae muy buenas cosas.

        ¡¿Y por qué el traje tan elegante que lleva puesto?!
        Señor, mi novia es de Malacatancito, es la fiesta de allá y estaba esperando a un amigo con quien íbamos a ir al baile. 
El interrogador se dirige a uno de los hombres ahí presentes:
        ¡A ver Ingeniero, tome uno de los vehículos blindados y se va con unos guardaespaldas para llevar al señor a Malacatancito y está pendiente de él hasta que termine la fiesta.  Después se lo lleva de regreso hasta su casa y se asegura que no le pase nada!
A Juan Gómez a esas alturas, le castañeteaban los dientes, con las mandíbulas desencajadas y su cuerpo estaba, en un solo temblor.  Estuvo en el baile y al oído le confesó a la novia el semejante horror que estaba viviendo. Lo tenían vigilado.  Pudo tomarse algún octavo de trago. Sólo por no dejar estuvo en la fiesta.  Lo fueron a dejar a su casa como se le habían prometido.  ¡Por poquito y le quitan la vida!
A los grupos paramilitares les había llegado información que un Hermano De La Salle, había llegado a Chinacá, Aldea de Huehuetenango, acompañado por un par de supuestos estudiantes, a preparar a las personas en la fe, para hacer la primera comunión, confirmación y matrimonio religioso; pero que después, ofrecieron apoyar a los vecinos para la constitución de una cooperativa. Sin embargo, poco a poco, comenzaron supuestamente, a instruir a la gente a hacer barricadas y montar estrategias para enfrentarse al ejército y a distribuir unas revistas mexicanas y otros documentos de apoyo a la guerrilla.


Capítulo 3 . Había proyección social.


Había proyección social en el Colegio De La Salle de aquel entonces.

Yo ingresé a las aulas del Colegio De La Salle en 1979 y me recuerdo que a los pocos meses, el Hermano Esteban Armenta (QEPD),  un hombre muy caritativo, pasó por nuestras aulas invitándonos para acompañar a jóvenes de la carrera de Magisterio para hacer labor de beneficio social a habitantes de las aldeas más pobres y relegadas de Huehuetenango.  Para ese momento, la proyección social sería en la Aldea Subjasún, Nentón, a donde viajarían los estudiantes durante algunos domingos para brindarles ropa y comida, para de esa manera, aliviar un poco el sufrimiento de aquella pobre gente. Dichos proyectos eran puramente caritativos y nada tenían que ver con cuestiones políticas en absoluto.    Para 1982, Hermano Esteban había sido transferido a otro Colegio De La Salle en otra parte del mundo, no estaba en Huehuetenango.

Al Colegio de Huehuetenango, por aquellos años, vino un Hermano De la Salle,  el Hermano Barbosa [nf], quien ya traía fama de ser muy revolucionario y reaccionario.  Un hombrote alto, guatemalteco, de frondosa cabellera ondulada negra, poblado bigote y una gran barba, que le hacía emular a los protagonistas de la revolución cubana y en cierta medida, para nosotros, güiros que no llegábamos a los quince años, no dejaba de ser intimidante.

Ciertamente, sus discursos eran incendiarios, antisistema y proclives hacia el socialismo.  Varios de mis compañeros más grandes, especialmente los provenientes de las familias más pudientes de Huehuetenango, contaban que los abordaba para criticar su situación desigual, en relación con las personas más pobres y públicamente, sus mensajes eran muy fuertes, especialmente en reuniones de reflexión colectiva.

Entre nosotros, era una situación tan delicada que se vivía, en los momentos más álgidos del conflicto armado interno en Guatemala, donde tan sólo el pronunciar las palabras “ejército” o “guerrilla”, eran figuras de una muerte segura,  con “orejas” (espías) de ambos bandos por todas partes y donde la población éramos la carne de la hamburguesa (ODHAG, 1998), sometidos al horror del acoso de militares e insurgentes, sujetos al temor que nos pudiera explotar, por mala suerte, una bomba panfletera en plena cara en cualquier momento y lugar de la ciudad, ser objeto de denuncia de pertenecer a un bando u otro con tan sólo la motivación de la envidia muchas veces, sin deberla ni temerla como se dice, con el aparecimiento de cadáveres en las calles o carreteras y la única explicación que quedaba y que desde aquella época subsiste en la sociedad guatemalteca, “¡¡… en algo andaba metido!!”. La guerrilla atribuyéndose la victoria de sabotear exitosamente puentes, torres de conducción de electricidad y ejecutar a enemigos del pueblo y los noticieros difundiendo noticias de masacres en diversos municipios del país. Si te quejabas te mataban y si no lo hacías también. (UNOPS, 1999).

A muchos de nosotros, los discursos del Hermano Barbosa [nf], más que causarnos entusiasmo o reflexión acerca de las desigualdades sociales, lo que más nos causaba era un pavor, por lo que sólo con escuchar esos mensajes, temíamos que nos fueran a acabar a todos.  El comentario más común que cuchicheábamos entre nosotros era algo como:

        ¡A este Hermano Barbosa, por mula, por andar metido en babosadas, sólo le van a quebrar el c…!

Con el agravante que el dichoso Hermano Barbosa [nf], era algo soberbio y medio grosero, según yo, aunque pudiera estar muy equivocado.

Para febrero de 1982, casi nadie en el colegio estaba animado a hacer alguna proyección social.  Ya fuera por bueno o por malo, si no te mataba la derecha lo hacía la izquierda. (ODHAG, 1998)


Capítulo 4 . En enero del año anterior.


En enero del año anterior, 1981, era el primer día de clases.  Los alumnos de tercero básico sección “C” estábamos juntos esperando escuchar los nombres de nuestros catedráticos; todos ellos al frente.  El Licenciado Juan Francisco Meere O’ Connor, gringo, director del colegio, pronunciaba los títulos, nombres de profesores y los cursos que impartirían, con su voz ronca, inflando los cachetotes de su cara redonda, de piel colorada, que por el contexto de aquellos días que la televisión había difundido una novela titulada “Piel Naranja”, algunos adosaron al presentador el mismo apelativo y la mayoría apodaba, por ser bien gordito, “Popocha”.

A medida que nos iba diciendo los nombres de nuestros profesores, suspiros de alivio salían de nuestros pechos, casi todos conocidos y muy queridos.  Pero había casi al centro, en la fila de profesores un hombrón como de poco más de uno ochenta metros, bien robusto, muy serio, que vestía los hábitos de un religioso y se veía que era gringo. Cuando oímos de “Popocha”:

        ¡Para el curso de Inglés de tercero básico, el Hermano Santiago Miller!

Y resonó la tarima de madera del escenario, bajo tres semejantes enérgicos pasos al frente de semejante hombrón y una leve inclinación de cabeza, con semejante seriedad y firmeza, para continuar con otros tres sonoros pasos atrás y volver a quedarse firmes. Un silencio en todo el auditorio y nosotros, despavoridos por el “autómata” o “robot” que nos daría clases de inglés.  Llegué algo desconsolado ese día a casa.  Nada parecido al dinámico y carismático Hermano Aureliano Patricio, nuestro profesor de Inglés en segundo  básico. Pensé, ¡Ya me llevó la tristeza!


Capítulo 5 . La primera clase de Inglés.


La primera clase de Inglés inició cuando el Hermano Santiago Miller abrió la puerta de  nuestra aula y entró lo que nos parecía, una figura enorme, quien inició con el breve ceremonial (Luke Salm, 2004), acostumbrado en los Colegios De La Salle y que viene desde su fundador, San Juan Bautista De La Salle:

        God morning class...  Stand up please... Let’s remember that we are in the Holy presence of God!

        In the name of the Father and of the Son and of the Holy Spirit, Amén!

        […]

        Saint John Baptist De La Salle.

        Pray for us.

        Live Jesus in our hearts.

        Forever!

        Sit down, please. 

Luego prosiguió el Santo Hermano Santiago, con español impecable, con voz calmada y leve acento gringo del norte:
        Jóvenes.  Mi nombre es Santiago Miller en español, pero ustedes pueden decir mi nombre en inglés, Hermano James o Brother James. Soy de los Estados Unidos, de Wisconsin.  Recibí una Maestría en Matemáticas y Física en Wisconsin.  Para nuestro curso de Inglés, vamos a necesitar el libro “Aprendamos Inglés” Libro C de Wright-Mc Gillivray.  Para tomar notas sugiero que usen cuadernos universitarios con líneas. Los cuadernos universitarios tienen una espiral al lado y tienen un buen tamaño para los apuntes y tareas.  También se pueden desprender las hojas independientemente para entregar los exámenes y algunas tareas; son muy prácticos...

Y así transcurrió la primera clase de inglés, con un profesor que hablaba pausada, calmadamente y sonreía con dulzura y amabilidad a cada ocurrencia de alguno de mis compañeros.  Yo estaba sentado en el penúltimo lugar de la penúltima fila delante de mi amigo Hugo López a quien apodábamos “Urraca”.

El Hermano Santiago Miller, era muy serio, muy solemne en los actos públicos, pero siempre era muy fácil observar su sonrisa, especialmente cuando saludaba o respondía a los saludos y en su  relación personal, amabilísimo y pleno de mucha cortesía. Contrastaba su gran tamaño con la dulzura de su personalidad y el amor que de él emanaba. 

Capítulo 6 . Nuestras penas en el curso de Matemáticas.


Nuestras penas en el curso de Matemáticas de tercero básico se profundizaron al momento de acercarse la fecha del examen parcial. Faltaba solamente un día y por más que nos esforzábamos, siempre fallábamos al momento de despejar ecuaciones de primer grado. Quizás todos íbamos a tronar con el “Profesor Aníbal”, nuestro catedrático.

Ese día, durante la clase de Inglés, andábamos “idos”; algunos ni habíamos salido a recreo, con tal de esforzarnos por atinarle a la solución, a los secretos y no perder valiosos puntos.   No solamente nos movía el deseo de aprender, sino que de perder el curso, a mi me habría valido una tunda considerable en casa; agridulce estímulo. Eran otros tiempos. Amábamos, pero también temíamos a nuestros padres. Queríamos, pero también respetábamos y temíamos a nuestros profesores y máxime, a los Hermanos De La Salle.  A algunos, por “bravos” y a otros, por su dulzura.

El Hermano Santiago inició la clase y todos seguimos la misma con respeto; sin embargo, el Hermano se detuvo repentinamente:

        Jóvenes, algo pasa entre ustedes. ¿Qué les sucede? Algo no está bien.
        […]
Hasta que uno de todos dijo:

        Es que, Hermano, mañana tenemos examen de un curso y nos está costando mucho.  Nos esforzamos, pero las cosas no nos salen.  Estamos muy apenados. Tal vez perdamos todos.
        ¿Qué curso es? ¿Qué punto es?
        Álgebra, ecuaciones de primer grado.
Al punto recordé el momento cuando se presentó con nosotros, de su Maestría en Matemáticas y Física de la cual intuía yo, muy pocos habían reparado en ello o se recordaban. 
        Yo puedo ayudarles. ¿Quieren que les ayude?
        ¡¡Siiii Hermano, por favor!!
        Muéstrenme, ¿Cómo resuelven?
Uno le entregó su cuaderno y el Hermano observó detenidamente.
        Bien. Ustedes comprenden muy bien el cambio de símbolos en los traslados de un lado a otro y cómo deben quedar los términos.   Lo que los confunde es en qué lado quedaron los términos, si en el derecho o en el izquierdo.  El secreto está en cómo debe quedar el signo igual.  Es muy sencillo.  El signo igual, a medida que van moviéndose los términos de un lado al otro, debe conservarse en una línea recta…, ¡rectísima!  Puede verse dónde queda cada término y jamás van a perderse.
Vamos a ver con este ejemplo:  […] y ahora resolvamos juntos este otro caso […] y ahora ustedes este más difícil […]; comparen conmigo […] y ahora este otro mucho más complicado […].
Y todo nos parecía tan sencillo, fácil y todo fue en muy pocos minutos.
        Y ahora, continuemos con la clase de Inglés…  (El punto para la clase, también fue cubierto y la misma finalizó a la hora acostumbrada).
Al otro día, nuestro desempeño fue simplemente “bri_llan_te”.  Las notas fueron superiores al 90% que el mismo Profesor Aníbal estaba sorprendido y entró en dudas si no habría alguna trampa nuestra, lo cual quedó despejado una vez le contamos que habíamos recibido una ayuda explicativa de Hermano Santiago, lo cual hizo entrar en conformidad a nuestro también, brillante y muy querido profesor.

Han pasado varias décadas y he tenido el privilegio de compartir con miles de estudiantes de secundaria, pregrado y post grados universitarios, este hermoso secreto recibido directamente de uno de los Santos de nuestra Santa Iglesia Católica y narro este particular episodio de mi vida. Asimismo, cuido de evidenciar tan delicado detalle, al momento de formular modelos electrónicos de cálculo, especialmente cuando tienen propósitos didácticos o las salidas de software específico para cálculo, describiendo el procedimiento; por lo general, resalto el signo igual. 

Ni qué decir del entusiasmo con que siempre abordamos las clases de Inglés y del gran respeto y gran cariño que profesábamos a Hermano Santiago, por su conocimiento (Cantalapiedra, 2019).  De mi parte, se ganó mi devoción enorme por todo.  Era uno de mis ídolos de la ciencia, de quien ni soñar con dudar.

Con la narrativa de dicho evento, evidencio del Hermano Santiago, su empatía.  Su percepción de las dificultades de sus estudiantes.  El aportar su conocimiento aunque no se tratase de su curso.  El ayudar en otros cursos, sin que por ello dejara de cubrir el contenido programado para su clase.  Su capacidad magisterial. Su vocación educativa. No había choques. No era un juzgador, jamás severo.  Todos hacíamos las tareas de su curso con especial dedicación. Era muy comedido y sus exámenes no eran tormentosos, como para querer humillarnos. Su ejemplo, para mí, constituye un modelo cristalizado en la práctica para hacer labor educativa, en los tiempos en que las Ciencias Agógicas han alcanzado logros considerables (Castillo, 2018), especialmente en Huehuetenango.

Su amor por los semejantes era enorme, en el servicio.  La vivencia de una vida donde Cristo se manifestaba en todo su esplendor (Águila Producciones, 2018). ¡¿Quién iba a querer hacerle daño a tan noble alma de Dios?! 


Capítulo 7 . “La Casa”.


“La Casa”, como denominaban sus internos al Centro Indigenista de Huehuetenango o Casa Indigenista de Huehuetenango, era un internado que los Hermanos De La Salle fundaron para la atención de jóvenes provenientes de los diferentes municipios de Huehuetenango, especialmente de comunidades y familias indígenas muy pobres; aunque al mismo acudían jóvenes de diferentes municipios de Guatemala en situación de pobreza, donde recibían alojamiento y alimentación, así como asistencia educativa de acuerdo con unas normas y rutinas muy sencillas y acudían a estudiar al Colegio De La Salle de Huehuetenango.

Para 1982, “La Casa”ocupaba las instalaciones donde anteriormente funcionara el Colegio “La Sagrada Familia”, colegio católico a cargo de las Madres de La Sagrada Familia de Helmet, que en su momento atendiera la educación de los ciclos de primaria y básico, para señoritas en Huehuetenango (La Salle Huehuetenango, 2019).

Para los trabajos grupales en el colegio, me gustaba integrarme a grupos de compañeros residentes de “La Casa”, pues contaban con un gran salón de estudio con mesas muy grandes donde podíamos extender grandes pliegos de papel para elaborar carteles y materiales expositivos.  Se adquiría y se compartía conocimientos con compañeros estudiantes de grados más avanzados y por ello, me gustaba llegar allá.  

Los Hermanos a cargo de “La Casa”, ya sabían que yo siempre acudía a hacer tareas y, en innumerables veces nos daban las seis de la tarde haciendo tareas, hora en que servían la cena para todos.   Como era de esperarse, estaba yo invitado y también hacía cola  para degustar de la cena, la mayoría de veces consistente en frijolitos criollos, arroz,  ¡tamalitos de maíz! muy deliciosos, pan  y café.  Nuestras conversaciones eran muy alegres y animadas.  Se vivía un ambiente muy feliz en “La Casa”.  Yo disfrutaba de mucha confianza y ahí hice muchísimos amigos que hoy son líderes en sus municipios, como funcionarios públicos o en el mundo empresarial y académico.  Eso explica mucho de la explosión de riqueza en los municipios del interior de Huehuetenango, adicionado a la derrama económica derivada del fenómeno migratorio.  Varios sacerdotes y Hermanos De La Salle provienen de ahí.

En “La Casa” había una cancha de basket ball y donde también llegábamos a entrenar volley ball con la selección.  Con el paso del tiempo implementaron un excelente taller de artes industriales.  Pero he de confesar que la mayor riqueza de “La Casa”, era el carácter multiétnico de sus residentes.  Con una riqueza en su variedad lingüística, costumbres, conocimientos y aptitudes artísticas y deportivas.

Tenían su propio equipo de fútbol que recuerdo se llamaba « Je Konob’ » que significa algo como “De nuestro pueblo”, en Q’anjoba’l, que participaba en los campeonatos departamentales y era un equipazo que figuraba entre los mejores de Huehue.  Contaban con su propia estudiantina, con riqueza de instrumentos musicales de cuerda y marimba e hicieron presentaciones a lo largo de la república. Y el gran coro de hombres, constituido por todos los estudiantes de “La Casa” que entonaban los bellos cantos de la misa dominical de siete de la mañana, con el acompañamiento de la estudiantina, dirigidos por el Hermano Aureliano Patricio, a quien la población recuerda por siempre estar vestido con sus hábitos sagrados de negro riguroso y quien dirigía también el coro “a capella”, cuando no había acompañamiento con instrumentación.

Los estudiantes de “La Casa” iban a hacer prácticas agrícolas, casi siempre de dos y media o tres menos cuarto a cuatro o cuatro y media a una granja ubicada en el Proyecto San José.  Para ello, el Hermano encargado, los llevaba en un pick up.  Por ello,  cuando vino el Hermano Santiago Miller a Huehuetenango, le asignaron la responsabilidad de ser el director de “La Casa” (Catholic.Net).

En atención a las responsabilidades de su cargo, llevaba a los estudiantes a la granja.  Por ello es que siempre solía encontrarlo, casi a diario, frente al pick up, esperando a los estudiantes a la puerta a esa hora, cuando pasaba acompañando a mi madre rumbo al trabajo y siempre el cruce de saludos:

        ¡Buenas tardes Hermano!

        Buenas tardes señora, buenas tardes Edwin. ¡Que les vaya bien!

Y esa bella sonrisa, que tan bien quedó captada en uno de los retratos que hoy se reproduce de él. Pero más allá, se sentía esa energía y esa sensación de paz y alegría que quedaba en el corazón después de saludarlo.  No cabe duda, en él había santidad.

Para aquél tiempo, por disposición constitucional, el servicio militar era obligatorio para los hombres guatemaltecos en las edades comprendidas entre los  18 a 25 años,  especialmente desde el tiempo del Presidente Árbenz (Prensa Libre, 2015). El mismo podía prestarse acudiendo a las unidades de Reservas Militares para entrenamientos los domingos o durante tiempo de servicio completo en bases y zonas militares.  Pero como muy pocos estaban animados a hacerlo, desde casi principios del siglo XX, se implementó la práctica de “reclutamiento militar forzoso” o como se denominaba popularmente “agarrar patojos para el CUPO” (Cardona Ambrosio, 2018) que casi siempre efectuaban los comisionados militares los días domingos.    Pero, bastaba con presentar el carnet estudiantil para demostrar que se era menor de edad y/o estudiante, para quedar totalmente exento de tal obligación.  Prácticamente, te librabas de ir al “CUPO” si eras menor de edad o estabas estudiando. Así de simple.

Sin embargo, algunos olvidaban portar el carnet, por lo que iban a parar al “CUPO”.  Tenían entonces que llegar los padres o encargados de ellos a las instalaciones militares a demostrar su minoría de edad o su calidad estudiantil, para su liberación.  Era un procedimiento totalmente normal.  Por ello, cuando se llevaban a algunos estudiantes de “La Casa” al “CUPO”, por años,  el Hermano que estuviera a cargo se apersonaba con las autoridades, con los respectivos documentos para que “soltaran” a los olvidadizos, lo cual sucedía sin problema alguno, aunque me imagino, quitaba un valioso tiempo para los Hermanos estos descuidos de los jóvenes.

Por ello es que era no poco común ver al Hermano Santiago, documentos en mano, solicitando la liberación de los jóvenes  de “La Casa” (Águila Producciones, 2018), al igual que lo hicieron sus antecesores Hermanos encargados.  Siendo como era el Santo Hermano, con su amabilidad, calma y asertividad, ni pensar en que tuviera roces con las autoridades por estos procesos.


Capítulo 8 . El martirio.


El martirio del Hermano Santiago Miller aconteció el sábado 13 febrero de 1982, un día antes de la celebración del Día de San Valentín, Mártir de Roma, que implica la celebración del Día del Cariño, del Amor y la Amistad, durante los últimos meses de gobierno del General Fernando Romeo Lucas García.  Ya había sido electo el binomio presidencial del General Ángel Aníbal Guevara Rodríguez y el Licenciado Ramiro Ponce Monroy, pero un poco más de un mes más tarde sucedería el Golpe de Estado que llevaría al poder al triunvirato integrado por los militares huehuetecos, José Efraín Ríos Montt, Francisco Luis Gordillo Martínez y el marquense Horacio Egberto Maldonado Schaad (ODHAG, 1998).

Ese día, los alumnos del cuarto bachillerato celebraron el Día del Cariño con un almuerzo en la Chácara de Joel, propiedad de los herederos de Don Jacinto Sosa Alvarado y llamada así en honor de uno de los hijos de Don Jacinto, Fernando Joel, quien murió muy pequeño de una afección cardiaca (Sosa Morales, 2001).  El Hermano Santiago era su profesor de  Inglés de aquellos alumnos y asesor de clase, por tanto, el invitado especial.  Estuvo muy alegre con ellos, pero se retiró antes de finalizar la reunión, aduciendo que tenía un compromiso muy importante que cumplir.   De seguro, ni él mismo imaginaba, que era el más importante compromiso, la cúspide del cumplimiento de su misión terrena, su encuentro con la plena Luz del Señor y su trascendencia, su ingreso al Reino de Los Cielos.

El Hermano Santiago llegó a “La Casa”  y salió después  para continuar trabajando con el boquete en la pared. En algún momento, le solicitó a uno de los jóvenes  ir por una escoba (Águila Producciones, 2018) y subió a la escalera, cuando una motocicleta con piloto y un acompañante, llegó y se detuvo frente a la ventana, adelantito de donde el Hermano estaba de cara a la pared trabajando.   El copiloto se bajó de la moto por la calle y tras dar algunos pasos hacia el Santo Varón,  de un morral típico que llevaba, sacó una pistola y le acertó no menos de media docena de balazos en la espalda, corrió hacia la moto y huyeron.  Juan Juan Gómez Gómez [nf], coincidentemente andaba por ahí cerca y fue de las personas que presenció todo y así me lo contó décadas después. Su vida por azares que no conocemos, fue tocada por dos semejantes sustos relacionados en ese contexto que con el pasar de los años, aportaría elementos para explicar la causa y entorno de esta infortunada ejecución.

La gente que estaba por ahí empezó a gritar despavorida al escuchar los disparos y ver caer al Hermano Santiago. Muchos salieron corriendo del lugar y otros se acercaron a verlo.  Al oír los disparos y luego los gritos, desde las calles aledañas, muchos optaron por correrse, ante el temor de alguna masacre o tiroteo. Ante esa gritazón, pensé con horror que habían matado al Hermano Barbosa. Yo me regresé corriendo desde el Parque de la Escuela Amalia Chávez, frente al Convento Parroquial y vi el cuerpo, entre la gente amontonada ahí tirado. Inerte. Pero no era el Hermano Barbosa.  Era el cuerpo de mi querido Hermano Santiago; no olvido las marcas de las balas especialmente en el área de los riñones.… ¡Lo habían matado!

Me puse a llorar amargamente, en silencio, como lo estoy haciendo en este preciso momento y ante sus Sagradas Reliquias.  Con una amargura, con una tristeza profunda.  Lo acabábamos de saludar.  Y habíamos recibido de él siempre, su sonrisa, su eterna sonrisa, su calma, su paz, esa sensación de paz que llenaba el corazón. Esas ondas de dulzura que llenaban.  La dulzura de un Santo. Un Santo Inocente que no estaba metido en nada; que no le hizo nunca daño a nadie. Pensé: “no era a él a quien querían; se confundieron”. Mi querido Hermano Santiago Miller. Un Santo Inocente.

Yo tenía quince años cuando eso ocurrió.  Me quedé parado con mi cara bañada en lágrimas, en silencio; cuando empezó a llegar un gentíal y el gran escándalo.  Llegaron los Bomberos Voluntarios y lo examinaron.  Nada por hacer.  Yo parado ahí. Mirando (shute como siempre), triste y horrorizado, temblando de miedo.  Pero podía más el ver en qué paraba todo, que el pavor de la posibilidad que la gente que lo mató regresara y nos rociara con balas a todos, en aquellos peligrosísimos tiempos.

A eso de las cinco y media o seis menos cuarto de la tarde decidieron las autoridades que se llevara el cuerpo del Hermano Santiago al anfiteatro del Hospital Nacional de Huehuetenango, para lo cual, cuatro bomberos decidieron levantarlo para ponerlo sobre la camilla para transporte de cadáveres; uno asignado para cada extremidad.  Apenas acertaron a pujar; no pudieron levantarlo un centímetro del suelo. Pidieron colaboración del público y entre ocho, apenas pudieron levantarlo lo suficiente para colocarlo en la camilla.   No olvido la imagen de su cabeza y abdomen colgando de manos y pies, de hombres bien fornidos luchando por levantarlo, con los balazos en los riñones. Una gran exclamación de todos los curiosos.

Se escuchaba expresiones de la gente de Huehue como:

        ¡Joooo, lástima, semejante gringón, tan galán…!

        ¡Semejante viejazo! ¡Qué grandotón! ¡Lástima! ¡La gente tan ingrata!

Con grandes penas metieron la camilla a la ambulancia y yo ¡Ya no volví a ver su cuerpo más!


Capítulo 9 . Treinta y siete años después de sus treinta y siete.


Treinta y siete años después de sus treinta y siete de vida terrenal, la figura del Hermano Santiago Miller toma una mayor fuerza, una luz tan esplendorosa como El Sol, que cubre todos los confines de La Tierra.  A nivel mundial, se vive la Víspera de su Beatificación. A Huehuetenango han llegado ya, sus  Sagradas Reliquias enviadas desde Roma en un bello relicario con revestimiento de oro y gemas de esmeralda y rubíes engarzados, para la solemne ceremonia de beatificación, que será oficiada por nuestro muy querido Hermano Cardenal de Guatemala, Obispo de nuestra bendecida Diócesis de Huehuetenango, Álvaro Leonel Ramazzini Imeri.  Nuestra Santa Catedral estará en vía de ser el Santuario de nuestro Santo huehueteco, que no tardará muchos años, en ser justamente canonizado y ser elevado a los altares, espero será llamado para siempre por los humanos,  “El Santo Hermano Santiago Miller”.  Dios quiera, con su propia basílica, para venerar sus Sagradas Reliquias, en una Diócesis con categoría de Gerontopolitana (Diócesis de Huehuetenango, 2017) por superar los 50 años.


Mi percepción es que, dado el contexto de guerra interna en Guatemala, ambos bandos estaban empeñados en destruirse mutuamente.  En tal sentido, los grupos paramilitares actuaron contra un enemigo personal en particular, con determinadas características físicas un poco parecidas a nuestro Santo Varón y actuaron en consecuencia, lo cual sucedía entre ambos bandos en conflicto.  En ello, cobra mucha fuerza en mi mente el relato bíblico en el Nuevo Testamento de la Matanza de los Santos Inocentes en Belén, a quienes se les quitó la vida, en pos de acabar con el Divino Redentor del Mundo.  Nuestro Bendito Hermano Santiago ofrendó su vida, por la de otro.

No fue martirizado el Bendito Hermano Santiago Miller por odio a la fe,  tampoco por solicitar la exención del servicio militar forzoso para sus alumnos de “La Casa”, mucho menos por su activismo político a favor de la insurgencia o a favor del régimen gubernamental de aquellos tiempos, pues no se involucró jamás en ello.  Tampoco ocurrió su martirio como medio de intimidación para la Congregación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas o Hermanos De La Salle; probablemente la mayoría no sabía que alguno de ellos actuaba en la clandestinidad en apoyo a los movimientos de la insurgencia en Guatemala o “grupos guerrilleros”, como se les conocía. 

Sí fue martirizado el Santo Hermano Santiago Miller por su persistencia, deseo y vocación en servir a la gente de Huehuetenango, especialmente a la gente más pobre,  a la más necesitada de acuerdo con las circunstancias  sociales de aquella época, a través de la educación cristiana, su bondad, su paciencia, su sonrisa, su calma y su paz; a pesar que familiares y amigos intentaron persuadirle  de no continuar por estas tierras.  Esta actitud concuerda con la heroica  actitud asumida por  el obispo y sacerdotes de la Diócesis en aquellos días, quienes decidieron no salir del territorio y quedarse acompañando a las comunidades  (Alva Mérida, 2018).

Sí fue martirizado por su amor a Cristo, en el servicio dentro de la Congregación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas o Hermanos De La Salle, al grado que murió realizando trabajos de albañilería. 

Si fue martirizado por ser completamente inocente.

San Juan Bautista De La Salle ¡Ruega por nosotros!
Beato Hermano Santiago Miller ¡Intercede por nosotros!



Hermano Santiago Alfredo Miller Miller.  ¡Un Santo Inocente!


Edwin Rocael Cardona Ambrosio.
Huehuetenango, 6 de diciembre de 2019.

Capítulo 10 . Notas.


[nf] Nombre ficticio para proteger la identidad de su protagonista.


Capítulo 11 Bibliografía

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